Marruecos: la permanencia de la monarquía en medio de la fragilidad política y social.



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Mientras se discute el papel de Marruecos en la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta el pasado 30 de julio, los hechos han dado ocasión a que el gobierno y la opinión pública de este país demuestre que no renuncia a reclamar la soberanía sobre la ciudad española, así como sobre Melilla. Pero también se ha visto la desesperanza de tantos jóvenes marroquíes sin futuro, dispuestos a arriesgar la vida con tal de poner pie en Europa. El nacionalismo contribuye a sostener un régimen amenazado de un estallido social.

Para un historiador no deja de ser sorprendente la capacidad de permanencia del régimen marroquí a través de los siglos, sobre todo desde la llegada al poder en 1660 de la monarquía alauí. No es un régimen monárquico cualquiera, sino que uno de sus activos se deriva de que sus reyes se presentan como jerifes, descendientes del profeta Mahoma. Marruecos era un sultanato de legitimidad a la vez religiosa y política, y eso no cambió cuando Mohamed V se convirtió en 1957 en el primer rey del Marruecos independiente de Francia y España. El monarca siguió siendo el Amir al-Mu’minin, el “Comendador de los creyentes”, y eso ha sido bastante más decisivo que las seis constituciones marroquíes vigentes a partir de 1962.

Del protectorado a la independencia

Tras la conferencia internacional de Algeciras (1906), Marruecos solo pudo mantener la independencia formal de sultanato, pues pasó a la condición de protectorado franco-español en 1912, con el control de la política exterior, las finanzas, el ejército y la administración en manos extranjeras.

España encontró en la región del Rif, que abarcaba la mayor parte de su protectorado, una gran resistencia de las tribus rifeñas, dirigidas por Abd el-Krim, que no reconocían ni la autoridad española ni la del sultán, pues querían una república independiente. Se desencadenó así una encarnizada guerra entre 1921 y 1926, que afectó también a los franceses. Finalmente, estos, unidos a los españoles, sofocaron la rebelión.steriormente, el sultán Mohamed V (1927-1961) se convirtió en el símbolo del nacionalismo marroquí, lo que llevó a Francia a destronarlo y sustituirlo por su primo Mohamed ben Arafa en 1953. El amplio rechazo popular obligaría a los franceses en 1955 a traer de su destierro en Madagascar a Mohamed V. Por entonces, Francia estaba muy debilitada por la guerra de Indochina y se enfrentaba desde 1954 a una guerra mucho peor en Argelia. Esto aceleró el fin del protecrado, con el reconocimiento de la independencia de Marruecos por Francia y España en 1956.

El Gran Marruecos y la monarquía alauí

Una de las claves de la permanencia de la monarquía alauí es su adhesión al nacionalismo por medio de la doctrina del Gran Marruecos.

Esta doctrina fue formulada inicialmente por el partido Istiqlal, surgido antes de la independencia, y su líder Allal el Fahsi (1910-1974). Se basa en la idea de la reconstrucción del Marruecos histórico, pues Francia y España, como potencias coloniales, habrían desmembrado los territorios que estaban bajo la autoridad del sultán. No bastaba, por tanto, con la extinción del protectorado, sino que habría que recuperar aquellos territorios próximos que no formaban parte del Marruecos independiente. En un principio, las pretensiones del Istiqlal abarcaban Mauritania, no reconocida por Marruecos hasta 1969, el oeste de Argelia y el norte de Mali. Sin embargo, desde el reinado de Mohamed V las reivindicaciones marroquíes se centraron en los territorios bajo soberanía española.

El Sahara occidental es el territorio más importante del proyecto del Gran Marruecos, por su situación estratégica y sus recursos naturales

En 1957 Marruecos reivindicó los enclaves costeros de Cabo Juby e Ifni, al considerarlos como “la zona sur del protectorado”. Los marroquíes nunca aceptaron los argumentos españoles de que esos territorios no formaban parte del protectorado o de que habían sido incorporados mediante acuerdos con tribus que no reconocían la autoridad del sultán. Estalló entonces un breve conflicto armado entre el Ejército de Liberación Nacional marroquí, que supuestamente actuaba al margen de las autoridades de Marruecos, y las tropas españolas. Finalmente, España cedió en 1958 la soberanía de Cabo Juby, hoy conocido como Tarfaya, y se comprometió a entregar Ifni, lo que se llevó en cabo en 1969.

El Sahara occidental es el territorio más importante del proyecto del Gran Marruecos, por su situación estratégica y sus recursos naturales. Tras la Marcha Verde de 1975, que facilitó el reparto del territorio entre Marruecos y Mauritania en el Acuerdo de Madrid, firmado aquel mismo año, seguiría una guerra entre Marruecos y el Frente Polisario prolongada hasta 1991, fecha en la que la situación se estabilizó tras la construcción por los marroquíes de un muro de seguridad de más de 2.700 km. Desde 2007, Marruecos mantiene la propuesta de una cierta autonomía para este territorio, pero bajo soberanía marroquí.

Los últimos eslabones para completar el Gran Marruecos son las ciudades de Ceuta y Melilla, y los peñones e islotes próximos a esta última ciudad. Aunque estas reivindicaciones nunca fueron llevadas al Comité de Descolonización de la ONU, no por ello los marroquíes dejan de esgrimirlas, con mayor o menor intensidad, en sus relaciones con España. No les valen los argumentos de que estos territorios nunca formaron parte del reino de Marruecos ni tampoco aceptarían el criterio de la libre determinación de la población, que es uno de los rasgos del derecho internacional contemporáneo. La percepción marroquí es, ante todo, la de la geografía, acompañada de una visión histórica en la que la monarquía es la suprema autoridad religiosa y la encarnación de la unidad territorial.

El majzén

En la explicación de la permanencia de la monarquía alauí juega un papel destacado su sistema político. Sin embargo, no cabe reducir la estructura política al marco constitucional. Hay que tener también en cuenta el concepto de “majzén”, que puede traducirse por “almacén” o “tesoro”, en referencia al lugar donde se guardaba el tesoro del soberano. En tiempos del sultanato, el majzén hacía referencia al aparato del poder: administración, funcionarios, ejército, recaudadores y representantes, pero al mismo tiempo era una red de fidelidades en torno al sultán. Posteriormente, durante el protectorado, el majzén siguió existiendo en paralelo al poder colonial, y resurgió nuevamente tras la independencia.

Una definición precisa de Majzén es la del historiador Antoine Perrier, especialista en la historia moderna y contemporánea del Magreb: “Es el aparato político, administrativo, económico y religioso del poder central marroquí, históricamente articulado en torno al sultán –y posteriormente al rey–, y constituido por las instituciones y redes de personas que permiten ejercer y extender su autoridad sobre el territorio y la sociedad”. No debe confundirse con el poder ejecutivo, reconocido en la Constitución, sino que hace referencia al conjunto de la élite y las redes de poder vinculadas a la monarquía, por lo que puede considerarse como un poder de facto.

Pese a todo, el régimen marroquí no puede ser calificado como una monarquía absoluta en la línea de otras monarquías árabes. En 1962, Hasán II promulgó la primera Constitución de Marruecos, aprobada en referéndum con un 84% de participación y un 97% de votos favorables, pero esto no le convirtió en un monarca parlamentario al estilo europeo. Podía nombrar al primer ministro y a los ministros, presidía el Consejo de ministros y podía destituirlos. El Parlamento era elegido, aunque el rey podía disolverlo e incluso solicitar una segunda lectura de las leyes aprobadas. Esa norma fundamental le reconocía además como Comendador de los creyentes, la autoridad religiosa suprema por ser descendiente del Profeta. Años después, en 1965, en medio de protestas sociales y políticas, Hasán II decretó el estado de excepción, que se mantuvo hasta 1970, y asumió los poderes ejecutivo y legislativo.

La Constitución de 1970 reforzó el poder real y limitó el del Parlamento, que quedó reducido a una sola cámara. Dos años después, una nueva Constitución devolvió competencias legislativas al Parlamento y dos tercios de sus miembros volvieron a ser elegidos por sufragio universal. Fue tan solo una rectificación parcial del modelo anterior. Habría que esperar a 1992 para tener una norma fundamental más aperturista en la que se otorgaron más competencias al primer ministro y al Parlamento, además de crearse un Consejo Constitucional y de reconocer a las regiones como unidades territoriales. Con la Constitución de 1996 se volvió al bicameralismo, con una Cámara de Representantes y una Cámara de Consejeros. La primera es de elección directa por los votantes cada cinco años, mientras que la segunda es por elección indirecta, y la realizan los representantes de organizaciones locales, empresariales y profesionales que han sido elegidos previamente por los ciudadanos.

A diferencia de lo sucedido en la Primavera Árabe en Túnez, Libia y Egipto, en Marruecos no se produjo un derrocamiento del jefe del Estado, sino que el rey cedió parcialmente para evitar la extensión de las protestas

Tras la Primavera Árabe

Habría que esperar a la Primavera Árabe, cuyas repercusiones alcanzaron a Marruecos, para que se promulgara la Constitución de 2011, vigente en la actualidad. Se produjeron grandes manifestaciones en el país a partir del 20 de febrero de 2011, y el rey Mohamed VI reaccionó con rapidez proponiendo un nuevo texto constitucional, en el que el Parlamento tiene mayores competencias, se amplían los derechos y libertades y se eleva a lengua oficial el amazigh (bereber) junto con el árabe. A diferencia de lo sucedido en la Primavera Árabe en Túnez, Libia y Egipto, en Marruecos no se produjo un derrocamiento del jefe del Estado, sino que el rey cedió parcialmente para evitar la extensión de las protestas. A este respecto, la Constitución califica a la monarquía de “constitucional, democrática y parlamentaria”; pero, en realidad, es un régimen que se ha dotado de una constitución, si bien el núcleo del poder no reside en un gobierno salido de las urnas, sino en la propia monarquía.

En la Constitución se establece que el monarca debe nombrar primer ministro al candidato del partido con más escaños en las elecciones, y como difícilmente ningún partido obtendrá la mayoría absoluta de 198 escaños –de un total de 395–, es necesario formar coaliciones. Si no hubiera acuerdo entre los partidos, el monarca nombrará a otro candidato del partido vencedor para seguir negociando. Así sucedió tras los comicios de 2016, fueron ganados por los islamistas del Partido de la Justicia y del Desarrollo (PJD), al igual que los anteriores, de 2011; pero su líder y primer ministro, Abdelilah Benkirán, no pudo alcanzar ningún acuerdo, y hubo que esperar a 2017 para que Saadeddine El Othmani, también del PJD, designado por el rey en lugar de Benkirán, formara gobierno.

En las elecciones de 2021, el PJD se hundió por completo, al pasar de 125 diputados a 13. El partido con más escaños fue la Agrupación Nacional de Independientes (RNI), que obtuvo 102. Le siguieron el Partido de la Autenticidad y la Modernidad (PAM), con 87, y el nacionalista Istiqlal, con 81. Estos tres partidos formaron gobierno con el líder del RNI, Aziz Ajanuch, un importante empresario que fue ministro en diversos gobiernos. El RNI podría definirse como liberal-conservador y defensor de la libre empresa, mientras que el PAM presenta una orientación centrista con un mayor enfoque social. Ambos partidos están muy vinculados a la institución monárquica.

En la actualidad, la imagen de Ajanuch se ha deteriorado porque se le ha asociado a casos de corrupción, lo que repercutirá en las posibilidades del RNI en las elecciones de 2026, convocadas para el 23 de septiembre. Esta vez, parece que el primer puesto se lo disputarán el PAM y el RNI, si bien el Istiqlal seguiría siendo indispensable. En el sistema político marroquí destacan los pactos como un aspecto positivo, pero el inconveniente es que en los gobiernos de coalición se tiende a diluir responsabilidades y a incurrir en contradicciones. Ni que decir tiene que esto puede ser un factor para la abstención, porque los electores llegan a la conclusión de que es indiferente votar a uno u otro de los partidos de la previsible coalición. En las elecciones de 2026 compiten el PAM y el RNI, pero ambos han formado parte del gobierno. El RNI, con su primer ministro, puede atribuirse los posibles éxitos, pero el PAM se ve obligado a subrayar que no se han alcanzado todos los objetivos y esto solo será posible si ellos son la lista más votada.

En algún caso, las contradicciones han sido mayores. Un ejemplo es el del gobierno del PJD, en coalición con el RNI, en 2016. Los islamistas querían implantar medidas de protección social, pero el RNI defendía medidas de liberalización como la retirada de subvenciones a los carburantes. Se impusieron estas últimas, lo que repercutió en el desastroso resultado electoral del PJD en 2021.

Protesta de jóvenes ante el Parlamento de Rabat, 4 octubre 2025 (foto: Mounir Neddi)
Protesta de jóvenes ante el Parlamento de Rabat, 4 octubre 2025 (foto: Mounir Neddi)

La desafección de los electores y el descontento de la juventud

Sin embargo, el principal problema de las elecciones marroquíes es la desafección de los votantes. En ninguno de los tres últimos comicios votó el 55% de los electores inscritos en el censo electoral, con una llamativa abstención entre los jóvenes de 18 a 24 años. La participación en 2016 fue del 42,29%, y en 2021, del 50,18%, si bien en este último caso la convocatoria coincidió con las elecciones regionales y locales, algo que no se da en los comicios de 2026. El caso de la juventud se explica por su desinterés hacia los partidos y su escasa confianza en que aporten soluciones, algo muy extendido entre una generación digital que se expresa principalmente en las redes. A esto se añadiría el movimiento de protesta Gen.Z.212, que surgió en el otoño de 2025, y fue duramente reprimido. Protestaba contra la corrupción institucional y exigía reformas en los servicios públicos, sobre todo en la sanidad y la educación. Ahora es uno de los grupos que han llamado a otra entrada masiva en Ceuta para el mismo día de las elecciones.

Más del 50% de la población marroquí son menores de 30 años, que están ausentes de las esferas de decisión, tienen empleos precarios y carecen de expectativas porque proceden de un sistema educativo desigual

La abstención en las urnas sería una demostración de que la mayoría del electorado no se adhiere simplemente a partidos o ideologías, sino que exige que el Estado sea eficaz en sus servicios públicos. Además, está el problema del paro, entre el 12% y el 13%, aunque la tasa de crecimiento económico fuera del 4,7% en 2025. Ahora mismo asistimos a la emergencia de un Marruecos de mayor proyección internacional y receptor de inversiones. Han aumentado las expectativas de sus ciudadanos, pero no ha desaparecido el riesgo propio de un país socialmente frustrado. Por lo demás, el descrédito de los partidos suele redundar en beneficio de la figura del rey, pues es a ellos a los que se hace responsables del deterioro económico y social.

Pese a todo, hay que tener en cuenta que los menores de 30 años representan más del 50% de la población marroquí. Esto puede suponer un riesgo para el sistema político, pues los jóvenes no solo están ausentes de las esferas de decisión, sino que tienen empleos precarios y carecen de expectativas porque proceden de un sistema educativo desigual. Su percepción es la de que existe una élite que disfruta de todos los privilegios y no se conforman con el aumento de los presupuestos de los servicios públicos. Probablemente consideran que la historia reciente de Marruecos ha sido la de las reformas parciales e inacabadas.

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